El ingenio, la creatividad, formas innovadoras de hacer o concebir algo son la base necesaria para crear lo que nadie antes había imaginado. Lo más difícil es llegar a la práctica, cuajar y alcanzar el éxito. Antes de ese preciso instante lo más conveniente para preservar ese esfuerzo y premiar la imaginación es patentar la creación.
Ostentar la protección legal adecuada a la propiedad industrial de una empresa confiere un valor fundamental a la empresa puesto que evita infracciones y abre una puerta para convertir esa creatividad e ingenio en activos comerciales con un valor tangible en el mercado. La serie de derechos que adquiere sobre ese activo genera un monopolio que puede ser temporal, nacional o internacional.
Sin embargo, no realizar el procedimiento para conseguir dicha patente puede suponer un riesgo a la hora de comercializar el producto o servicio puesto que los competidores pueden hacerlo suyo y no cabría la posibilidad de recurso o de compensación económica al inventor o creador original.
El proceso hacia una patente
El proceso por el cual se consigue una patente es un camino lento y complicado, sobre todo para pequeñas y medianas empresas que en muchas ocasiones mantienen su invención en secreto con el fin de buscar financiación de forma paralela.
Podemos solicitar dos tipos de patentes:
¿De qué forma se puede proteger?
Patentar asegura los derechos legales sobre el trabajo realizado. El esfuerzo y la capacidad de creación encuentra de esta forma un poso de tranquilidad, además de un lugar donde preservarse y sacar rédito de ella.